Autora de novela romántica y erótica en DirtyBooks

Esclava liberada

Sussex, Inglaterra, 1869.

El tiempo pasaba muy lentamente en Sussex. La monotonía se había instalado en la mansión desde la marcha de Malcolm, hacía ya dos meses, y ni siquiera el alboroto de sus tres hijos conseguía que Georgina pudiera quitarse de encima esa sensación de tedio y melancolía que la embargaba.
    Joseph Malcolm segundo ya tenía once años. Era todo un hombrecito aplicado y trabajador, y sus profesores de Harrow lo alababan constantemente. Había llegado del colegio hacía unos días para pasar el verano con la familia, y lo había encontrado tan cambiado... Seguía siendo muy risueño y cariñoso, pero con sus hermanas se comportaba con una suave variedad de serio paternalismo que exasperaba mucho a su hermana Sophia. Pasaba mucho tiempo en la biblioteca leyendo incansablemente, donde estaba en aquel momento, en lugar de salir al sol a correr y a jugar. Decía que de mayor quería ser abogado, o juez, y Georgina sabía que tenía la inteligencia y la suficiente fuerza de voluntad para conseguirlo.
Sophia, con nueve años, era toda una señorita revoltosa que prefería subirse a los árboles en lugar de aprender a bordar. La institutriz y la propia Georgina se esforzaban por inculcarle los modos correctos de una dama, pero parecía una guerra perdida de antemano. Su gran imaginación y su terrible entusiasmo por las aventuras, hacían que casi siempre anduviese por los jardines alborotando, y volvía a casa rebozada en polvo y hierba. En aquel momento estaba sentada sobre la alfombra, jugando con varias muñecas mientras en el exterior la lluvia rebotaba contra los cristales.
Mary Lucrecia, la más pequeña, apenas había dejado de ser un bebé; tenía cuatro añitos y era la que más atención requería. Era muy dulce y tranquila, pero tan pequeña aún. Hacía un rato que la niñera se la había llevado al dormitorio de las niñas para que durmiera su siesta, pues había empezado a llorar sin ninguna causa, probablemente debido al cansancio de estar toda la mañana correteando por el jardín detrás de su hermana mayor, a la que adoraba.
Estaba orgullosa de sus hijos, pero echaba de menos a Malcolm.
Doce años atrás había cumplido su promesa y había abandonado todos sus negocios poco legales para establecerse en Sussex, en una mansión campestre que contaba con los suficientes arrendatarios como para convertirse en un importante hacendado, pero la mente inquieta de Malcolm y su facilidad para ver un buen negocio, pronto lo impulsó a invertir en empresas nacientes. Su fortuna aumentó, sus empresas se ampliaron, y tuvo que partir a Estados Unidos en viaje de negocios.
De eso hacía ya dos meses.
Habían mantenido el contacto, por supuesto. Las cartas habían llegado regularmente, y gracias al telégrafo transoceánico Malcolm le hacía saber en qué ciudad se encontraba, además de añadir ciertas palabras que a la vista de todos podían parecer inocentes, pero que a Georgina le hacían saber que pensaba mucho en ella y la seguía deseando con pasión.
Pero no era suficiente.
Durante sus doce años de matrimonio, desde el día en que fue a buscarla a Dorset, donde ella se había refugiado después de rendirse en su lucha por conseguir que le declarara su amor y recibir a cambio más desprecio y dolor, nunca se habían separado. Cuando era necesario viajar a causa de los negocios, siempre se había ocupado Lionel Ambert, el socio de su marido, un hombre culto y hábil con los idiomas, además de sagaz con los negocios y a la hora de calibrar a las personas; pero justo dos días antes de embarcar rumbo al nuevo mundo, sufrió un aparatoso accidente que le rompió ambas piernas, y Malcolm no tuvo más remedio que ocupar su lugar y viajar hasta Estados Unidos, alejándose de ella por primera vez.
—Mamá, ¿estará de vuelta papá para mi función? —preguntó Sophia dejando a un lado la muñeca con la que estaba jugando.
Georgina dejó de mirar hacia el jardín a través de los ventanales, y dirigió sus ojos hacia su hija. Hacía seis meses que los niños de la congregación estaban preparando aquella función, en la que iban a representar la leyenda de la fundación del pueblo de Hammerford. La dirigía el reverendo Sullivan, y Sophia estaba muy orgullosa porque tenía un papel importante.
—No lo sé, cariño.
—Prometió que estaría.
—Y hará todo lo posible por cumplir su promesa; pero, a veces, las circunstancias nos obligan a romperlas, aun con todo el dolor de nuestro corazón.
—¿Como cuando yo no pude ir al cumpleaños de Alice porque me puse enferma?
—Exactamente, cielo.
Sophia frunció el ceño y se sentó al lado de su madre.
—¿Papá está enfermo? —pregunto con evidente angustia en su voz.
—No, cariño. Claro que  no. Tu padre está en un país muy lejano, y ha de coger muchos trenes y un barco para llegar hasta casa. Son muchos días de viaje, y siempre puede encontrarse con dificultades que lo retrasen. —Al decir aquello, Georgina se imaginó mil accidentes que terminaban con un tren convertido en chatarra, y cien tormentas que hundían el barco. Ahogó un estremecimiento y se mantuvo firme para que su hija no pudiera ver su desazón—. Haremos una cosa. Este domingo, cuando vayamos a la iglesia, rezaremos muy, muy fuerte, para que papá llegue a tiempo. ¿Te parece bien?
Sophia lo pensó durante un instante, y después asintió con la cabeza con vehemencia.

Por la noche, Georgina dormía abrazada a la almohada de Malcolm. No había permitido que las criadas le cambiaran la funda; así seguía permaneciendo su olor en ella, y podía dormirse imaginando que estaba a su lado. Le faltaba el calor, y el ritmo acompasado del corazón bajo su oído, pero cuando empezaba a caer rendida por el sueño, siempre le parecía sentir el peso de su brazo rodeándola, como si estuviera allí de verdad.

—Señor Howart, es un verdadero placer hacer negocios con usted.
Malcolm estrechó con fuerza la mano que Peter Bowman le tendía, deseando poder despedirse ya. Llevaba dos meses en aquel país, había recorrido seis ciudades importantes terminando allí, en Nueva York, y estaba harto. Quería volver a casa.
—El placer ha sido mío, señor Bowman.
—Hablando de placer, ¿de veras no quiere acompañarnos? Sé de buena tinta que las nuevas bailarinas del Capitol son una delicia...
—Le agradezco la invitación, pero mañana por la mañana zarpa el barco que me lleva a casa, y prefiero retirarme al hotel para descansar.
—Muy bien, como usted desee. Pero cuando yo visite Londres espero que me sirva de guía por los diferentes placeres que ofrece tan magnífica ciudad.
—Pues temo que no le seré de mucha ayuda. Desde que me casé hace doce años, los únicos placeres que me he permitido son los que puedo disfrutar en compañía de mi esposa.
Bowman simuló un estremecimiento de horror que hizo reír a todos los presentes. Malcolm secundó las risas, sabiendo que lo que ellos habían entendido era que desde su matrimonio había abandonado los verdaderos placeres de la vida. ¡Qué engañados estaban! Los verdaderos placeres los encontraba en el lecho de Georgina... y en su cabaña privada, donde disfrutaban de una intimidad que nunca era interrumpida y donde podían dar rienda suelta y disfrutar de todas sus perversiones.
—Una vida aburrida, pero satisfactoria —dijo, dejando que creyeran lo que quisieran.
—Está bien, entonces. Que tenga un buen viaje, señor Howart.
De regreso al hotel, seguía pensando en el ofrecimiento de Bowman. ¿Ir de putas? ¿Acostarse con una mujer que no era su Georgina? Ni loco. Antes se cortaba la polla.
Aquella noche le costó dormir. Pensar en su esposa había despertado su libido, pero se habían prometido no buscar ningún tipo de satisfacción personal mientras estaban alejados. Había sido una manera de mantener viva la llama de su pasión en la distancia, y para que, cuando se produjera el reencuentro, pudieran disfrutar mucho más de los placeres que se habían negado durante aquellos dos meses. Nada de masturbarse, y pensaba cumplirlo, a pesar de que su verga parecía estar a punto de estallar.
A la mañana siguiente embarcó a primera hora y se instaló en su camarote. Mientras su valet acomodaba el equipaje en el vestidor, Malcolm sacó el retrato «especial» de Georgina y lo admiró una vez más. Lo mantenía guardado en un estuche de madera cerrado con llave, para que nadie pudiera verlo ni siquiera de manera accidental. Su esposa posaba desnuda, con el collar que le había regalado doce años antes y le había obligado a ponerse, cuando él todavía era un hijo de la gran puta y quería humillarla.
Pensar en aquella época siempre le producía una gran vergüenza, y seguía sin comprender cómo Georgina pudo haberse enamorado de él mientras la trataba de aquella manera tan humillante. Recordar lo enfurecía, pero también lo obligaba a esforzarse más por hacerla feliz.
—¿Le preparo el baño, señor?
La voz de Sean, su ayudante, lo sacó de sus pensamientos. Cerró la foto y contestó.
—No, gracias. No voy a necesitarte hasta la hora de cambiarme para ir al comedor, así que hasta entonces, puedes hacer lo que quieras.
—Gracias, señor. Con su permiso, me daré un paseo por cubierta.
Sean abandonó el camarote y Malcolm se dejó caer sobre la cama, llevando el retrato de Georgina hasta su pecho.
—Te echo de menos, mi amor —susurró.


—Señora, acaba de llegar un telegrama de Londres.
El mayordomo sostenía en la mano una pequeña bandeja de plata, en la que había un papel doblado.
—¿De Londres? —Georgina casi salta del diván para cogerlo. ¡De Londres! ¡Tenía que ser de Malcolm! Había recibido aviso que partía de Nueva York dos semanas antes, así que ya debía haber pisado suelo inglés—. Gracias, Clarence.
Abrió el telegrama intentando mantener la serenidad.

«Llegado a Londres. Stop. Paso por oficinas para reporte con Lionel. Stop. Parto en tren hacia casa después. Stop. Te echo de menos. Stop».

¡Aquella misma noche lo tendría en casa! Casi no pudo contener la emoción que la embargó. Se levantó con el telegrama todavía en las manos, intentando que estas no le temblaran.
—Clarence, he de hablar con Therese y con usted. Los espero en la salita verde en diez minutos.
—Sí, señora.
El mayordomo abandonó el saloncito, y Georgina miró hacia su hija Sophia. Tenía que ser prudente, si ella sospechaba que su padre iba a llegar aquella misma noche, provocaría un alboroto con su alegría. Y Georgina quería a Malcolm para ella sola; por lo menos, aquella noche.
Se sintió mal por ser tan egoísta, pero había echado tanto de menos a su marido que no podía pensar en otra cosa que en tenerlo en sus brazos y entre sus piernas. «Mala madre», se acusó. Pero su determinación no menguó. Al día siguiente por la mañana, sus hijos podrían disfrutar de su padre y abrir todos los regalos que seguro les traería; pero aquella noche iba a tenerlo para ella sola.
Llamó a la institutriz para que se hiciera cargo de Sophia, y se encaminó hacia la salita verde en el piso superior, su lugar privado, su remanso de paz. Cuando estaba allí, sus hijos y criados sabían que no debían molestarla, a no ser que fuese por algo muy urgente y que no pudiese esperar.
Se sentó ante la escribanía y escribió una nota. Echó arenilla para secar la tinta, dobló el papel, y lo selló con lacre.
Clarence y Therese, el mayordomo y el ama de llaves, no tardaron en llegar. Cerraron la puerta al entrar, y se quedaron de pie, esperando las órdenes de su señora.
—El señor llega esta noche —anunció, de pie ante el ventanal—. Quiero que preparen la casita del lago para poder recibirle allí. Ha de airearse, limpiarse, cambiar las sábanas de la cama, encender el fuego... Y también deben preparar la habitación «especial». —Clarece y Therese eran sus sirvientes más fieles, y lo únicos que conocían la existencia de aquella pequeña mazmorra en la casita del lago, donde Malcolm y ella se abandonaban al placer—. Como no sé exactamente a qué hora llegará, preparen una cena fría y llévenla allí cuando la casita esté lista. También deben enviar un mozo con el carruaje y un caballo a la estación de tren para esperar su llegada. Debe entregarle esto al señor cuando lo vea —terminó, alcanzándole la nota al mayordomo.
—Muy bien, señora. Ahora mismo nos ponemos a ello —dijo Clarence, haciendo una estirada reverencia.
Ambos abandonaron el saloncito, y Georgina se sentó, intentando tranquilizarse. No pudo. Su corazón galopaba rápido como un pura sangre y amenazaba con hacerle estallar el pecho.
Respiró profundamente para tranquilizarse y sonrió como una diablesa muy traviesa. Iba a prepararse para la llegada de su Amo.
Las doncellas le prepararon un baño y se lavó con jabón de jazmín, el preferido de su esposo. Después se rasuró las piernas, las axilas y el sexo. Este último le fue difícil hacerlo ella sola; estando Malcolm en casa, era él quién se encargaba de hacérselo cuando se bañaban juntos, y siempre lo convertía en otro juego sexual del que disfrutaban enormemente.
Una vez limpia y rasurada, sacó los aceites de Egipto y se frotó el cuerpo con ellos. Se le pusieron duros los pezones, y el anhelo de tener a su hombre cerca agitó su deseo. Se excitó con sus propias manos al acariciarse para extender el aceite perfumado; cerró los ojos y se imaginó que era él quien deslizaba sus dedos sobre la piel, y sintió la lujuria arremolinarse en su bajo vientre.
«¡Basta!», se dijo, furiosa consigo misma. Su hombre estaba ya cerca y podía esperar hasta su llegada para tener aquello que tanto deseaba.
En cuanto los aceites se secaron, se vistió ella sola y llamó a su doncella para que la peinara. Sujetó su pelo con una brillante redecilla de oro y plata, con pequeñas perlas incrustadas, dejando que unos suaves mechones escaparan rebeldes, cayendo alrededor de su rostro, dándole el aspecto de una ninfa del agua.
Cuando terminó, despidió a la doncella avisándola que cenaría allí mismo, y se sentó en el banco acolchado que había en el alféizar de la ventana de su dormitorio, y se puso a esperar.

Sentado en el tren, Malcolm intentaba hacer que el viaje se hiciese más llevadero leyendo el periódico. Nunca se hubiera imaginado que pudiese llegar a echar tanto de menos un paisaje como el que podía ver a través de la ventanilla del vagón. A pesar del anochecer y de la oscuridad que estaba empezando a invadirlo todo, aún eran visibles los prados, los árboles, y las luces que empezaban a encender en las casitas se semejaban a brillantes estrellas que le indicaban el camino de vuelta.
Maldito Lionel y su accidente. Aunque culparlo era injusto, no podía dejar de hacerlo. Dos meses separado de Georgina estaban a punto de enloquecerlo.
¿Cómo había podido llegar a amar tanto a alguien? Él, que pensaba que era incapaz de tener ese sentimiento por alguien, se había enamorado sin darse ni cuenta de una mujercita que lo conquistó con su dulzura y su pasión.
Y después llegó Joseph Malcolm segundo. Su hijo. Una cosita pequeña a la que tuvo miedo de hacer daño el día en que nació. Se vio tembloroso y asustado ante un trocito de carne que, sin hacer nada de nada, pasó a ocupar un lugar junto a Georgina.
Aquel día lloró. No lo había vuelto a hacer desde niño, en el orfanato; y no es que allí se prodigara demasiado en lágrimas, pues pronto aprendió que si mostraba alguna debilidad, los demás se aprovecharían de ella. Le costó años, y que Georgina entrara en su vida, para darse cuenta que había gente que era generosa por naturaleza, y que no aprovechaban las debilidades de los demás para hacerles daño.
El tren se detuvo, y Sean se apresuró a avisarle que ya estaban en Hammerford. Cuando puso los pies en el andén de la estación, estuvo a punto de arrodillarse para besar aquel suelo tan preciado para él. Su pueblo. Su hogar. El lugar al que pertenecía ahora.
    Hasta Georgina, nunca había sentido que pertenecía a ningún lugar. Ahora, le pertenecía a ella.
Un muchacho se acercó a él en cuanto le vio. Sean se estaba ocupando del equipaje.
—Señor Howart, bienvenido a casa —lo saludó el muchacho. Alto y muy delgado, apenas tendría doce o trece años. Era Harry, y se ocupaba de sus caballerizas.
—Gracias, Harry. Es un placer volver a casa.
—La señora me ha enviado con el carruaje y un caballo, por si usted prefiere adelantarse.
—La señora me conoce muy bien —bromeó—. Ayuda a Sean con el equipaje y vuelve con él. Yo montaré a caballo.
—Muy bien, señor. ¡Ah, casi se me olvida, señor!
—¿Si, Harry?
—La señora me ha dicho que le dé esto. —Harry le entregó una carta lacrada con su sello. Lo agradeció con una leve inclinación de cabeza y se acercó al farol que había al lado del pequeño edificio de piedra que pertenecía a la estación y donde estaba la taquilla que vendían los billetes.

«Le espero en la casita del lago, Amo. Muero de deseo por verle.
Su más humilde esclava».


Casi se atragantó con la misiva. Durante todo el viaje no había podido dejar de pensar en todas las cosas que le haría a su esposa en cuanto la tuviera en sus manos. Se había excitado hasta el punto de sentir que iba a morir; y aquella provocadora misiva consiguió que su cuerpo se revolucionara aún más, como un motor de vapor a punto de estallar a causa de albergar demasiada presión en su caldera.
Iba a ser un infierno montar a caballo.
—Sean.
—¿Señor?
—Cuando hayas colocado mi equipaje en el vestidor, puedes retirarte. No voy a necesitarte en toda la noche.
—Muy bien, señor.
Palpó el pequeño bulto que todavía llevaba en el bolsillo para asegurarse que no lo había perdido, sonrió, montó a caballo y se alejó de la estación en dirección a su hogar.

Georgina había visto el humo de la máquina de vapor cuando esta entró en la estación, desde la ventana de su dormitorio. Bajó precipitadamente por las escaleras, salió al exterior y corrió hacia la casita del lago para llegar a tiempo.
Los niños ya estaban durmiendo, afortunadamente. Había una leve sensación de culpa en su corazón, pero la extirpó con decisión al pensar en su marido. Seguro que él necesitaba tanto como ella tener este pequeño interludio pasional, y que no le importaría esperar a después para poder verlos.
Entró en la casita con el corazón acelerado. Todo estaba tal y como había ordenado: la chimenea encendida, la mesa puesta, la cama limpia. Entró en el dormitorio y se quitó el vestido. Había tenido la precaución de cambiarse y ponerse uno que podía quitarse ella sola con facilidad. Se envolvió en una manta, ya que a pesar de estar en verano y de tener la chimenea caldeando la casita, a aquellas horas el tiempo refrescaba.
Se arrodilló a los pies de la cama, y esperó.
Cuando oyó la puerta principal abrirse, se quitó la manta y la escondió debajo de la cama. ¡Malcolm ya estaba allí! Tuvo que contenerse para no salir corriendo a su encuentro y echarse en sus brazos. Seguro que su marido apreciaría mucho más si lo esperaba en actitud sumisa, como correspondía a una buena esclava.
—¿Georgina? —lo oyó llamarla, y su corazón se saltó un latido por la emoción.
Tragó saliva porque por un instante, pensó que no le saldría la voz.
—Estoy aquí, Amo.

Malcolm había galopado durante todo el camino. Afortunadamente, no vivían lejos de la estación de tren, y en escasos diez minutos ya había llegado hasta la mansión. Dejó el caballo en manos de uno de los mozos, y corrió hacia la casita del lago. Ni siquiera entró en su hogar.
Cuando cruzó el umbral, lo asaltó el aroma de la comida que había sobre la mesa. Tenía hambre, pero había algo que le apetecía mucho más.
—¿Georgina? —la llamó, porque no la vio allí, esperándolo. ¿Dónde se habría metido?
—Estoy aquí, Amo.
Su voz le recorrió la piel como una caricia, y sus palabras exacerbaron la pasión y el deseo que había estado acumulando a lo largo de dos meses, y que en aquel momento era mucho más intenso.
Amo.
Adoraba que ella simulara ser su esclava. Que se sometiera a él en todos los aspectos cuando hacían el amor. Que adorara cada castigo, cada palabra sucia, cada... bueno, todo lo que le hacía. Sus juegos no habían menguado con los años, paralizándose solo durante sus embarazos y la cuarentena posterior. Pero su boca... ah, su maravillosa boca siempre había estado dispuesta para satisfacerlo. Y él la había correspondido de igual forma. Quizá durante aquellos meses habían tenido que prescindir de cadenas, fustas, restricciones y aparatos, pero no habían dejado de amarse, aunque fuese de una manera más tradicional.
Traspasó el umbral del dormitorio y la vio. Estaba de rodillas a los pies de la cama, con las manos sobre sus muslos, los ojos fijos en el suelo, la cabeza inclinada... y completamente desnuda.
Los doce años transcurridos desde la primera vez que la vio así, habían dejado su huella. Los embarazos habían hecho que sus pechos, antaño turgentes, ahora estuviesen algo caídos; y en su vientre se veían las estrías. En su rostro había algunas pequeñas arruguitas, sobre todo en la comisura de los ojos y de los labios. Y sabía que se teñía su hermoso pelo para que no se viesen las primeras canas.
Estaba más hermosa que nunca.
Solo llevaba alrededor del cuello la gargantilla que él le había regalado doce años antes: una miríada de finas cadenas de oro trenzadas entre sí, con diminutos diamantes entrelazados con ellas, que capturaban la luz y brillaban. Originalmente llevaba una pequeña placa, también de oro, en la que podía leerse la palabra «esclava», y que Malcolm había ordenado cambiar al mejor joyero de Londres para sustituirla por otra que pusiera «mi amada esposa». Seguía siendo algo extraña, pero ya no era ofensiva o humillante.
Le había regalado otras después, a lo largo de los años, más lujosas, bonitas y caras. Pero ella siempre se ponía aquella cuando iban a jugar.
—¿Has sido una buena chica durante estos dos meses, esclava? —le preguntó. Su voz tembló por la anticipación, pero no le importó que ella lo notara, al contrario. Quería que supiera cuánto la había echado de menos.
—Sí, mi señor.
—¿Has cumplido mis instrucciones durante mi ausencia?
—Sí, Amo. He pensado en ti cada minuto que has estado apartado de mí, y no me he tocado para satisfacer mi cuerpo.
—Bien. ¿Crees que he sido cruel prohibiéndote tal cosa?
—No, mi Amo. Tocarme no tiene sentido si no puedes verme y disfrutar de ello.
Malcolm dejó ir una carcajada y caminó hacia la cama para arrodillarse delante de Georgina. Le cogió la barbilla con dos dedos y le alzó el rostro.
—Buena respuesta, mi amor —le susurró.
La agarró del pelo y la sujetó, mientras pasaba un dedo por el marcado pómulo, acariciaba los labios aterciopelados, y bajaba hasta su vulnerable garganta. La recorrió un estremecimiento, y sus pezones se endurecieron mientras mantenía los brillantes ojos fijos en su rostro varonil.
Malcolm no pudo soportarlo más y la abrazó contra su cuerpo para devorarle la boca. Sabía tan dulce como la miel con que rociaba sus tostadas del desayuno. Jugó con su lengua mientras la mano libre se apoderaba de un pecho y jugueteaba con un pezón. De la boca de Georgina surgió un gemido que reverberó en la boca de Malcolm como en una caverna, haciendo que su polla se endureciera más todavía.
La mano bajó delineando la figura de ella, pasó la frontera de los muslos, y se internó en el bien depilado coño. Un dedo penetró en la vagina, húmeda y ardiente, mientras el pulgar jugueteaba con el clítoris ya hinchado.
Sus bocas se separaron. Las respiraciones rugían ardientes y se quedaron mirando durante unos segundos. La abrasadora mirada de Malcolm hizo que un inextinguible calor se apoderara del cuerpo de su esposa.
—¿De veras no has sido mala durante mi ausencia, esclava? —la provocó provocándole un estremecimiento.
Oh, sí. Un castigo. Su fuerte mano azotándole las nalgas. Su coño se convirtió en un manantial solo de imaginarlo.
Su mente voló rauda, buscando un motivo para que la azotara. Lo necesitaba. Atrás habían quedado todas las dudas y la culpabilidad que había arrastrado al principio de su matrimonio, por sentirse excitada por las perversiones que practicaban en la alcoba. ¿A quién le importaba? ¿Qué daño hacían? Ninguno, y a nadie. Esto era algo entre los dos, que disfrutaban plenamente conscientes de lo que hacían.
—Seguro que algo he hecho, Amo —musitó Georgina mientras sus manos se alzaban y le acariciaba el mentón salpicado ya por el nacimiento de la barba—, aunque ahora no me acuerde. Castígame, por si acaso.
—Eres una esclava desobediente. Tienes razón, seguro que algo mal has hecho durante estos dos meses. Levántate, y precédeme a la mazmorra para que pueda admirar el movimiento de tus nalgas.
—Sí, Amo.
Georgina se levantó y empezó a caminar hacia la habitación que permanecía siempre cerrada con llave, sabiendo que su marido se deleitaría mirándole el trasero. A veces, llegaba a preguntarse cómo podía él seguir tan hechizado por ella después de doce años, pero entonces se daba cuenta de que ella también seguía amándolo y deseándolo como el primer día, y que esos años transcurridos no habían podido menguar lo que sentía.
 Esperó en la puerta a que Malcolm la abriera, y atravesó el umbral.
Era una habitación cerrada, sin ventanas para que nadie pudiera atisbar qué había dentro. Una chimenea ya había sido preparada y caldeaba el lugar. Las lámparas de gas estaban encendidas, y amortiguaban el tétrico aspecto que podría tener para un profano; pero para Georgina y Malcolm, aquel sitio era perfecto.
Gruesas cadenas colgaban del techo, y en una pared recubierta de madera, estaba colocado todo el arsenal de juguetes de Malcolm: palas, fustas, látigos, restricciones, arneses, mordazas, pinzas, esposas... Pero eso no era todo. Cuando se mudaron aquí, se trajeron alguna de las piezas que Malcolm tenía en las mazmorras: la cruz de San Andrés, el potro, y el maravilloso cepo con el que habían disfrutado más de una buena sesión.
¿Cuál escogería Malcolm para divertirse?
—A la cruz —ladró. Un estremecimiento recorrió todo el cuerpo de Georgina. Corrió hacia el aparato y se colocó en posición, con las piernas abiertas y los brazos alzados, esperando a que Malcolm la restringiera con las esposas de cuero recubiertas con suave piel de zorro.
Él no tardó en hacerlo, posicionándose delante de ella. Después de cerrarle cuidadosamente las esposas en la suave piel de las muñecas de su esposa, se arrodilló para hacer lo mismo con sus tobillos. Su depilado coño quedó a la altura de sus ojos, y no pudo resistir la tentación. Deslizó los dedos entre los muslos de Georgina, y disfrutó de la sensación de tenerlos entre los pliegues húmedos y resbaladizos, con la delicada curva de sus muslos que temblaron cuando frotó el pulgar contra el apretado nudo de su clítoris, y la manera en que gimió cuando empujó dos dedos en su interior. Su aroma era afrodisíaco para sus sentidos, y los jugos se derramaron sobre sus dedos, que se llevó a la boca para chuparlos.
Georgina lo miraba con los ojos brillantes por el deseo, y gemía mientras sus pechos subían y bajaban a causa de su agitada respiración.
Deslizó los dedos de nuevo en su coño, y bombeó dentro y fuera follándola con ellos hasta que vio que ella estaba a punto de estallar en un orgasmo, y se detuvo.
El gemido de placer que surgía de la garganta de Georgina se transmutó en uno de decepción.
—Tranquila, esclava —le susurró en el oído acercándose a ella. El aire que exhaló le hizo cosquillas en el cuello—. Todo en su momento.
Malcolm se alejó de ella para coger uno de los floggers más pequeños y livianos. Lo sopesó mirándola directamente a los ojos, y pasó las suaves cerdas por la palma de su mano, acariciándose, provocándola con su sonrisa ladeada. Volvió a acercarse a ella con paso lánguido, sin prisas. Le recorrió el brazo con el mango del pequeño látigo, y la áspera piel  le provocó escalofríos mientras lo movía por encima del hombro, alrededor del cuello y por el torso entre de sus pechos. Los pezones se le endurecieron, irguiéndose en sus oscuras aureolas.
El hormigueo en sus pechos se convirtió en una dolorosa necesidad; y entre sus muslos, la sensación sorda y palpitante se convirtió en mucho más. Se obligó a inhalar con fuerza cuando el mango rozó a lo largo de sus muslos internos, y después sus húmedos pliegues.
Estaba indefensa mientras sus jugos fluían sobre el ligero sondeo con el látigo. Su vagina pulsaba con cada roce, empujándola al borde, haciendo que su necesidad de ser llenada creciera más y más.  Pero justo cuando creía que podía rozar el cielo con las manos, lo retiró.
—Lámelo —le ordenó, poniéndoselo frente a los labios. Ella sacó la lengua y la pasó, saboreándose a sí misma, sin apartar la mirada de los ojos de Malcolm, que tuvo que reprimir una risa al verla tan provocadora.
Se apartó un paso e hizo restallar el látigo, haciendo que las cerdas aterrizaran suavemente en su muslo. Malcolm le acarició allí donde la había golpeado, y el músculo se sintió vivo bajo su tacto; ardía y le hormigueaba, y era muy placentero y excitante.
Cuando el látigo restalló otra vez, la golpeó el dolor y la punzada ardiente corrió del muslo a su espalda, haciéndola gemir de nuevo. El siguiente dejó líneas rosadas en su piel. Después Malcolm se burló de ella, acariciándola con las flexibles correas del látigo, provocando suaves estremecimientos y excitando la piel que estaba más sensible a la flagelación. Su centro estaba húmedo y los pezones le dolían; quería que se los chupara, los acariciara, jugueteara con ellos. ¡Por Dios! Se mordió el labio con fuerza para no suplicar, porque a pesar de que quería que aquella dulce tortura acabara y la follara, también deseaba seguir jugando, tener toda la atención de Malcolm centrada en ella, en su placer, en sus deseos, un poco más.
Entonces se arrodilló ante ella, y con largos y húmedos trazos, lamió los abusos de su piel, enfriando el ardor y calmando el dolor.
Empezó encima de su rodilla, moviéndose lánguidamente hacia arriba. Cada caricia de su lengua era suave y voluptuosa, haciendo que su vagina palpitara. Como si él hubiese leído sus pensamientos, enterró la boca entre sus muslos y la besó en los húmedos labios vaginales; cuando pasó la lengua por el clítoris, sus rodillas se doblaron y solo la sostuvieron las muñecas atadas a la cruz. Las caderas se movieron al ritmo de sus succiones, y los pezones le lloraron porque requerían igual atención. La necesidad era abrumadora.
Y justo cuando sintió que el clímax se enroscaba en su bajo vientre y pugnaba por estallar, Malcolm se detuvo. Dejó ir una risita contenida cuando ella lloriqueó en protesta, pero impasible ante su sufrimiento y su necesidad, se dedicó a lamer el otro muslo, igualmente maltratado, asegurándose que fuese atendido cada centímetro de piel.
—Por favor —lloriqueó, rindiéndose y suplicando—. Amo, por piedad.
—Has sido mala en ausencia de tu Amo, esclava. Debes sufrir un poco más.
Se incorporó y se alejó de ella, dejando el flogger en su sitio y cogiendo unas pinzas para pezones. Se giró para mirarla y maravillarse de la magnífica vista que representaba su esposa. La mujer más hermosa que había visto nunca. Estaba ruborizada, sollozante a causa de la necesidad; las líneas rojizas que había marcado en sus muslos los cruzaban como caminos hacia el placer, y gotitas de sudor perlaban su frente y el valle entre sus pechos.
—Eres la mujer más hermosa que he visto jamás —murmuró, embriagado por el ciclópeo sentimiento que hinchó su corazón.
Georgina abrió los ojos y lo miró con intensidad, sonriendo de felicidad por sus palabras.
—Y mi Amo es el hombre más apuesto del mundo —contestó. Y no mentía. Para ella, Malcolm seguía siendo el más guapo, varonil, y sexualmente apetecible. Lo deseaba con la misma intensidad que lo amaba, y aquellos dos meses separados habían sido un infierno del que creyó que no iba a poder escapar.
Malcolm le devolvió la sonrisa e hizo tintinear las pinzas para pezones que sostenía en sus manos. Se acercó de nuevo hacia ella, caminando con pasos lentos y elásticos, como un felino al acecho. Georgina noto que su coño se humedecía más todavía, temblando con antelación.
 La boca de Malcolm se fusionó con uno de los pezones, y empezó a succionar. El ramalazo de placer sacudió el cuerpo de Georgina, que se tensó como un arco a punto de ser disparado. Malcolm mordisqueó la punta rugosa y dura con suavidad, hasta que ella lloriqueó. La mano libre se deslizó por el abdomen de la esclava y se perdió entre sus piernas. Un dedo la penetró, y la pelvis de Georgina se balanceó al mismo ritmo que impuso el corazón.
Malcolm gruñó, y separó la boca del pecho.
—Embrujadora —susurró—. Después de tanto tiempo, y sigues teniéndome tan hechizado que no puedo esperar más.
Dejó caer las pinzas al suelo y se arrodilló ante ella para desatar precipitadamente las restricciones que la mantenían cautiva. Después se levantó y le rodeó la cintura con un brazo para sostenerla y afirmarla contra su cuerpo mientras le liberaba las muñecas.
La cogió en brazos y Georgina le rodeó el cuello con los suyos, para poder besarle el mentón y el cuello con avidez. La llevó hasta el dormitorio y la depositó con suavidad sobre la cama. Georgina alzó los brazos sin esperar que él se lo ordenara, para que pudiera atarla con las cintas de seda que había sujetas en los postes.
—Mi dulce prisionera —susurró Malcolm después de sujetarla.
Se apartó de ella y procedió a quitarse la ropa. Georgina disfrutó de la vista de su esposo, de los fuertes músculos, los abdominales marcados, los amplios hombros, la cintura estrecha, y de la enorme erección que lucía. Se relamió los labios al pensar en tenerlo en su boca, en pasar la lengua por aquella magnífica y aterciopelada longitud.
—Perversa... no provoques —la riñó con una sonrisa traviesa en los labios mientras se subía en la cama moviéndose como un felino, hasta ponerse de rodillas entre las piernas extendidas de Georgina. Ella le dirigió una sonrisa ladina y levantó una ceja. Malcolm dejó ir una carcajada y se izó hacia arriba, hasta que su polla quedó al alcance de la boca de Georgina—. Está bien, pequeña esclava. Por esta vez, ganas. Compláceme.
En el momento en que ella deslizó los labios sobre la verga, Malcolm soltó un gemido. Le agarró el pelo y empezó a follar su boca, sintiendo el calor húmedo rodeándola. Georgina lo tomó muy profundo, y por la forma en que gemía y cerraba los ojos, era evidente que también era placentero para ella. Pero no podía permitirse el lujo de eyacular allí: quería hacerlo en su coño, llenarla con su simiente, reclamarla de nuevo como su propiedad. Se sentía como un animal deseoso que el resto del mundo pudiese olerlo a él en ella.
—Dios, tu boca. Tan caliente y húmeda.
Ver su polla desaparecer dentro de la húmeda cavidad, era hipnotizante. Cuando Georgina hizo chasquear la lengua a lo largo de la verga, decidió que ya era suficiente.
—Basta.
Georgina se detuvo de inmediato, y Malcolm le regaló un tierno beso sobre su nariz. Volvió a arrodillarse entre las piernas de su esposa y la cubrió con la longitud de su cuerpo.
—Necesito sentirte debajo de mí —le susurró al oído, y con un solo golpe, la penetró.
A Georgina le encantaba la sensación de tenerlo aplastándola con su poderoso cuerpo. La hacía sentir femenina, protegida, a salvo. Y la dejaba sin aliento. Su polla era gruesa y estaba muy dura, y cuando empezó a moverse, creyó que iba a romperse. Siempre tenía esa sensación al principio, desde el primer día, y era algo maravilloso sentir cómo su cuerpo respondía a su esposo con la misma vehemencia.
—Me has echado de menos, putita —le susurró al oído mientras aceleraba sus embestidas.
¡Dios! ¡Sí! A él y su lengua sucia; a sus manos y su boca; a su cuerpo y su enorme verga. Pero también al compañero que la abrazaba mientras dormía, al que se volvía loco de preocupación cuando estaba enferma, al que la hacía reír, y al que la sostenía mientras lloraba.
Malcolm balanceaba sus caderas y el sonido de piel contra piel sonaba como azotes; el olor de sus esencias se había mezclado hasta convertirse en un aroma embriagador.
Georgina sentía que se estaba haciendo pedazos, y cuando Malcolm gritó «¡Ahora, mi amor! ¡Córrete para mí!», fue como si le cayera un rayo chisporroteando, quemando en cada terminación nerviosa, y su cuerpo se deshizo en espasmos que se dispersaron a lo largo. Solo pudo emitir un profundo gemido gutural, y sintió que no podía respirar, atrapada por la fuerza de la liberación.
Malcolm cayó sobre ella, agotado por el orgasmo arrollador que se había disparado al sentir contra su polla los espasmos del útero de Georgina. La había llenado con su semilla y una pequeña parte egoísta en él, espero que esta germinara de nuevo.
Desanudó las cintas de seda que la mantenían cautiva, y se echó a un lado de la cama, abrazándola contra su cuerpo. Georgina se acurrucó y puso la cabeza sobre su pecho, acariciándole perezosamente el vello que lo recubría.
—No vuelvas a dejarme sola durante tanto tiempo, nunca jamás —susurró medio adormilada con el sopor que asalta después de haber tenido sexo del bueno.
—Nunca, mi amor. Que el diablo se lleve los negocios, si hacen que me aparte de tu lado otra vez.
Con una sonrisa satisfecha por oír su promesa, Georgina se abandonó al sueño.
Un rato después, la despertó el sonido de los cubiertos chocando contra la porcelana. Sus pestañas revolotearon, perezosas, hasta que consiguió abrir los ojos. Malcolm estaba sentado sobre la cama, con las piernas cruzadas, y estaba dando cuenta de un buen trozo de pastel de carne. Sonrió cuando vio que ella había despertado, y levantó el tenedor con un trocito pinchado.
—¿Tienes hambre, mi amor?
En aquel momento a ella le sonaron las tripas, y se encendió como una grana. Malcolm se burló de ella, y aunque al principio Georgina simuló ofenderse, acabó riéndose con él.
Comieron sobre la cama, y hablaron durante un buen rato. Malcolm le habló con detalle de todo lo que había visto en Estados Unidos y las ciudades en las que había estado, y Georgina lo aseteó a preguntas que él contestó gustoso.
—Iremos juntos algún día, cuando nuestros hijos ya sean mayores —le prometió.
—Me encantaría —afirmó ella, aceptando otro trocito de pastel de carne y masticándolo con placer.
—O antes —tanteó.
—¿Antes? —preguntó ella llena de curiosidad. Lo miró a los ojos y vio en ellos un brillo esquivo que decía que le estaba ocultando algo—. Malcolm, ¿qué ocurre?
Él dejó el plato sobre la mesita de noche y la cogió por los hombros para atraerla hacia su pecho y poder abrazarla.
—Verás, he estado pensando...
—Malcolm, me estás asustando.
Él lanzó un ladrido que quiso ser una carcajada.
—Cariño, no hay nada que temer. No vamos a hacer nada que no quieras, y no será inmediatamente. —Calló para coger aire y lo dejó ir despacio, como si intentara ordenar sus ideas para poder ser conciso. Había estado pensando mucho sobre este asunto durante su viaje, pero temía que Georgina no estuviera de acuerdo con él—. He pensado en el futuro de nuestros hijos. Ellos no lo saben, pero mi pasado y mis pecados recaerán sobre sus cabezas, si nos quedamos en Inglaterra. Piensa en nuestro primogénito, que quiere ser un abogado respetable. O en nuestras hijas. ¿A qué tipo de matrimonio podrán aspirar siendo mis hijas?
Había amargura en su voz, una amargura provocada por un pasado tormentoso, lleno de negocios sucios.
—Eres un hombre honorable, ahora —rebatió Georgina.
—Lo soy para nuestros vecinos, hombres y mujeres sencillos, la mayoría de los cuales ni siquiera han llegado a pisar Londres alguna vez. Pero allí sigo siendo el déspota que tuvo en sus manos los secretos más vergonzosos y mejor guardados de la aristocracia. El dueño de casinos, casas de putas y fumaderos de opio a donde iban a liberar sus pasiones más bajas. —Se detuvo para poder respirar hondo—. No quiero que mis hijos lleguen a saber nada de mi pasado. Se avergonzarían de mí.
—Yo no me avergüenzo —aseguró Georgina, posando la mano en su duro mentón y obligándolo a mirarla—. Sobreviviste a una infancia y una juventud que hubiera matado a cualquiera, Malcolm. —Él cerró los ojos y durante unos instantes, revivió la pesadilla del orfanato y las calles, muerto de hambre y de frío, sin nadie que cuidara de él—. Hiciste lo que tuviste que hacer para sobrevivir, y te convertiste en un hombre rico y poderoso. Pero nunca dejaste de ser un buen hombre.
La risa seca de Malcolm restalló como un látigo.
—No era un buen hombre, Georgina. Tú conseguiste que olvidara mi odio y lograste que recordara qué era la bondad. Pero no era un buen hombre. Tenía el alma ennegrecida, podrida por...
—¡Basta!
Georgina se abalanzó sobre su boca y lo calló con un beso. Malcolm la rodeó más fuerte con los brazos, apretándola contra sí. Sintió que las lágrimas picaban detrás de sus ojos, de vergüenza, de gratitud, de felicidad por tener a una mujer tan maravillosa a su lado.
—No quiero que vuelvas a decir algo así nunca jamás, mi amor —le recriminó ella cuando el beso terminó—. No tienes nada de qué avergonzarte. Todos cometemos errores, y tú has expiado los tuyos con creces, amándome y cuidando de nuestra familia.
—De acuerdo, mi señora —consintió con una sonrisa agradecida en el rostro—. Pero piensa en nuestros hijos. Allí podrán crecer sin tener que cargar con mi pasado y mis errores. Puede que tú, por amor, hayas perdonado todas mis faltas; pero el resto de Londres, no. Me siguen temiendo, a pesar de que esté retirado de mis anteriores negocios, y algún día podrían querer utilizar a nuestros hijos contra mí. Ese es mi mayor temor, que quieran castigarme haciendo que ellos me desprecien.
—¿Quieres que abandonemos Inglaterra? —preguntó, sorprendida—. ¿Que nos vayamos a vivir a Estados Unidos?
—Sí. Es un país maravilloso, y lleno de posibilidades. Y estoy seguro que Nueva York te gustará. Es una ciudad enorme, pero tiene zonas muy hermosas donde vivir, con grandes mansiones. Y la oportunidad de negocios, es mucho mayor que aquí. Podríamos venderlo todo y trasladarnos allí. Tú podrías volver a entrar en sociedad, en lugar de vivir aquí, apartada de todo y de todos; y nuestros hijos no tendrían que vivir con la espada de Damocles que representa para ellos mi pasado. Joseph tendría allí un gran futuro, como abogado o como lo que quisiera; y Sophia y Mary Lucrecia podrían tener unos buenos matrimonios.
Georgina se mordió el labio, meditando sobre lo que su marido acababa de decir. Suspiró, confusa. ¿Marchar? ¿Abandonarlo todo para empezar una nueva vida? ¿Volver a entrar en sociedad? ¿Lo echaba de menos? Pero lo más importante, eran sus hijos. Malcolm tenía razón, ella misma se había preocupado por aquella posibilidad, aunque siempre acababa apartándola de su mente.
—No tienes que decidirlo ahora mismo —susurró Malcolm en su oído, haciéndole cosquillas con su aliento—. Joseph aún es joven, y quiero que termine sus estudios en Harrow, así que tenemos unos años para tomar la decisión. Pero, mientras tanto, podríamos probar a ver qué tal se vive allí. Durante, digamos, ¿un par de meses al año? ¿Durante las vacaciones de verano del chico?
Georgina se incorporó, frunciendo el ceño.
—Oh, diablos, suéltalo de una vez —exclamó, y él se echó a reír. Le fascinaba cuando su mujercita dejaba libre su boca siempre correcta.
—He comprado una casa.
—¿Qué?
—Era una ganga. Sus dueños se habían arruinado y necesitaban venderla para hacer frente a las deudas, así que la compré a un precio más que razonable. Si no la quieres, o no nos gusta vivir allí, sacaré un buen beneficio al revenderla. Así que deja de fruncir el ceño —pasó el dedo índice por la frente para alisar las arruguitas que había allí—, y piénsatelo durante unos días. El verano acaba de empezar, podríamos estar allí durante un mes con nuestros hijos, como si fueran unas verdaderas vacaciones, y estar de regreso antes de que empiece el curso escolar.
—De acuerdo, lo pensaré —asintió Georgina—. Pero ahora... —sonrió, lasciva—, quiero más de ti, mi Amo. Quiero mucho más.
Volvieron a hacer el amor de forma apasionada, y después se durmieron, rendidos, hasta que al amanecer los despertó el trino de los pájaros que anidaban en el bosque cercano.

El día siguiente fue como si hubiera estallado la revolución en su hogar. Cuando los niños se levantaron y lo vieron allí, su alegría fue tan inmensa que todos rieron y lloraron de alegría. Repartió los regalos que había traído de Estados Unidos, y pasaron el día junto al lago, en un picnic que duró hasta bien entrada la tarde.
Joseph disfrutó de la auténtica canoa india navegando la mayor parte del tiempo, hasta que, agotado, se estiró sobre la manta en la que habían comido y se durmió. Sophia no podía creer que el arco y las flechas también eran auténticas, y se empeñó en que su padre le enseñase a utilizarlo bajo la preocupada supervisión de Georgina, que le riñó por hacerle un regalo tan extravagante a su ya de por sí salvaje hija. Mary Lucrecia recibió una bonita muñeca que se llevó con ella cuando la niñera se la llevó para dormir la siesta en cuanto terminaron de comer.
Por la noche, todos estaban agotados, y se fueron a dormir bien temprano. Después de cenar, Malcolm se retiró a su despacho mientras Georgina subía al dormitorio. Se preparó una copa y sacó del cajón el pequeño paquete que se había traído de su viaje, y que no había entregado aún a Georgina.
Había algo que le debía a su esposa, algo que ella nunca jamás le pidió, ni le recriminó; pero eso no impedía que él pensara que ya era hora de hacer lo correcto.
Se bebió la copa de un trago y se metió el paquete en el bolsillo antes de subir las escaleras que llevaban al dormitorio que compartía con Georgina. La encontró sentada en el tocador. Su doncella le estaba cepillando el pelo, el paso previo antes de hacerle una trenza que impediría que su hermoso cabello se llenase de enredos y nudos. La doncella saludó con una ligera genuflexión antes de abandonar el dormitorio a una señal suya.
—¿Vas a cepillarme tú el pelo? —preguntó Georgina con una sonrisa.
Malcolm no respondió. La cogió suavemente de la mano y la llevó hasta uno de los butacones que había frente al fuego.
—Siéntate —le pidió. Georgina frunció el ceño, pero obedeció.
—¿Ocurre algo, cariño? —preguntó, algo preocupada. Hacía tiempo que no veía a su marido con un gesto tan circunspecto en el rostro.
—No, en absoluto —contestó él sentándose en el otro butacón—. Es solo que... hace doce años cometí un acto imperdonable.
—Cielo, no...
Georgina calló ante el gesto adusto de la mano de su esposo. Lo miró, seria, esperando que continuara.
—No me interrumpas, por favor. —Malcolm tragó saliva, y su nuez danzó en la garganta—. Hace doce años, te obligué a casarte conmigo con un chantaje aborrecible. Aproveché tu amor por la familia para hacerte cosas horribles.
—Me descubriste un mundo nuevo, amor.
—Georgina, por favor. Te sometí a terribles humillaciones, y así y todo, tú supiste ver más allá de mi odio y mi rencor, y encontraste a un hombre al que fuiste capaz de amar, y al que salvaste de sí mismo con tu generosidad. Y conseguiste que mi corazón, muerto hacía mucho tiempo, volviera a latir. Pero a pesar de que durante todos estos años he intentado por todos los medios devolverte toda la felicidad que tú me has procurado a mí, hay algo que todavía no he hecho, y que tú mereces. —Malcolm plantó una rodilla en el suelo, y cogió las manos de Georgina, que en aquel momento temblaban de emoción mientras se preguntaba si iba a hacer lo que ella creía—. Hace doce años, no te hice de forma correcta la pregunta que cambió nuestras vidas, ni te di la ceremonia que mereces. Tuvimos una boda patética que fue una burla en sí misma, destinada a humillarte y castigarte. Es un horrible recuerdo que me gustaría poder borrar de tu mente, y que espero poder sustituir por algo mucho mejor. —Sacó el paquetito de su bolsillo, y lo abrió, mostrándoselo a su esposa. Era un anillo de pedida, muy hermoso, de oro puro con una rosa formada por brillantes—. Georgina, eres la única rosa en el jardín de mi existencia, que llena con tu aroma cada día de mi vida, y eres la alegría que hace que mi corazón salte dentro de mi pecho. Me harías el hombre más feliz del mundo si aceptaras casarte conmigo de nuevo.
Georgina ya estaba llorando de emoción, con las manos tapando su boca por la que salían ahogados sollozos de alegría. Había sido feliz con Malcolm durante todos aquellos años; pero también era cierto que, en una parte muy profunda de sí misma, había una pequeña herida causada por el recuerdo de aquella boda precipitada que se celebró en el despacho que Malcolm tenía en aquel antro de perdición. Una pequeña espina de la que jamás se quejó, porque sabía que su marido cargaba sobre los hombros un terrible sentimiento de culpa por todo el dolor que le había causado en aquella época, y nunca quiso hurgar en la herida demandando o recriminándole aquel acto específico.
Pero él, de alguna manera, supo ver que aquel pesar estaba allí escondido, y ahora le ofrecía un hermoso regalo que sustituyera aquel horrible recuerdo.
—Mi amor —sollozó, mientras asentía con la cabeza—, claro que sí. —Las risas y los sollozos emergieron juntos, mientras las lágrimas rodaban por las mejillas—. Por supuesto que sí.
Malcolm tampoco pudo evitarlo y las lágrimas asomaron a sus ojos a pesar de que intentó contenerlas por todos los medios. Georgina le rodeó el cuello con los brazos, y lo atrajo hacia sí para poder besarlo. ¡Cuánto amaba a este hombre rudo y orgulloso, que le había acabado entregando su corazón incondicionalmente a pesar de creer que no tenía!
—Reafirmaremos nuestros votos en la iglesia de Hammerford, — le dijo Malcolm apartando levemente la boca de sus labios—, e invitaremos a todo el pueblo. El reverendo Sullivan bendecirá nuestra unión, y esta vez será algo maravilloso. Y después celebraremos una gran fiesta en la mansión, en la que todo el mundo comerá, beberá y bailará hasta hartarse.
—Sí, sí, sí. —Georgina no era capaz de decir otra cosa mientras lloraba de alegría y emoción, y besaba el rostro de su marido para hacer desaparecer las lágrimas que se deslizaban.
—Será un día fantástico, ya lo verás, y borraré para siempre el nefasto recuerdo de...
—Oh, demonios —exclamó Georgina—. Cállate de una vez y llévame a la cama.
Malcolm dejó ir una carcajada por el arrebato de su mujer, la cogió en brazos e hizo lo que ella le pedía, y más. Mucho más.

Universidad de Harvard, Cambridge, Massachusetts, año 1880.

—¿Te arrepientes de haber venido a vivir a Estados Unidos? —le preguntó Malcolm mientras mantenía abrazada a su esposa.
Estaban en la cama, en el hotel donde estaban pasando unos días. Su hijo y primogénito, Joseph Malcolm Howart II, acababa de graduarse, cumpliendo así su sueño de convertirse en abogado. Aquel mismo día habían asistido a la ceremonia de graduación, y ninguno de los dos había podido contener la emoción. Las lágrimas de Georgina habían sido evidentes, pero Malcolm las disimuló cerrando los ojos y frotándose el puente de la nariz como si hubiera tenido una súbita jaqueca.
Al día siguiente volvían los tres a Nueva York, y su hijo empezaría a trabajar en el buffette que representaba los intereses de la familia. No había sido difícil convencer a Morton Harris para que contratara a Joseph, pues sabía que el muchacho era inteligente y que tenía un futuro prometedor como abogado.
—No, en absoluto. Aquí hemos sido muy felices, y nuestros hijos también. ¿Sabías que el joven Thomas está interesado en Sophia? Y creo que ella bebe los vientos por él.
Malcolm frunció el ceño.
—Sophia solo tiene diecinueve años. Es demasiado joven.
Georgina se rio de su marido. ¡Era tan protector con sus hijas!
—Cariño, tiene edad suficiente para formar su propia familia.
—No tiene ninguna necesidad de hacerlo tan pronto. ¡Por Dios, es solo una niña!
Malcolm parecía bastante alterado por la idea de que su pequeña niña estuviese interesada en hombres, pero Georgina sabía que el afecto de Sophia por Thomas era sincero.
—Amor mío —le dijo acariciándole el mentón y obligándolo a mirarla—, si están enamorados, lo único que puedes hacer sin que nuestra hija te odie el resto de  su vida, es tener una charla con Thomas procurando ser correcto.
—¿La intimidación no está permitida? —gruñó lastimero.
—No, cariño, no está permitida.
—Pues no estoy de acuerdo. El temple de un hombre se conoce cuando se enfrenta a sus miedos... y yo puedo dar mucho miedo, si me lo propongo.
—Tú das miedo sin proponértelo, sobre todo al joven Thomas. Cada vez que viene de visita a casa, suda copiosamente hasta que se asegura de que no estás.
Malcolm soltó un gruñido incomprensible y Georgina dejó ir una carcajada.
—Pues a partir de ahora, procuraré estar siempre. Si va a ser mi yerno, es mejor que vaya acostumbrándose a mi presencia.
—Pero nada de fruncirle el ceño, de soltar gruñidos amenazadores, o de golpear la fusta del caballo contra la palma de la mano. Sobre todo esto último, si yo estoy delante.
—¿Y por qué sobre todo lo último? —preguntó con voz sensual mientras agarraba a su esposa por la cintura y la subía sobre su cuerpo.
—Porque me pones muy caliente —susurró ella sobre su boca—, y daría un espectáculo lamentable.
—Eres una viciosilla.
—Tú eres el culpable de todos mis vicios.
—Te amo, Georgina. ¿Te lo digo suficientes veces todos los días?
—Me lo dices cada vez que me miras, mi amor. Cada vez que me miras.
FIN







Share:

0 comentarios:

Publicar un comentario